Arte público ¿a cualquier precio?

EL AMIGO DE MI AMIGO DICE…

Hoy tengo el placer de publicar un post de un gran amigo, Alejandro Patuel.

Hace días le pedí el favor de que escribiera algunas palabras sobre la situación actual del Palacio de las Artes,de Santiago Calatrava y su actual problema.

Sólo decir que me ha encantado el punto de vista que ha tenido y darle las gracias por su tiempo.

Millones de personas cada año giran a la izquierda por la Avenida President Wilson de Paris, encontrándose de frente con una de las mayores creaciones que jamás haya ideado un ser humano. Una creación que por haberse divisado ya a lo lejos o por mucho que aparezca repetidamente en los televisores, libros o cualquier otro medio que permita la difusión de su aspecto, no consigue evitar el asombro y la sensación de estar contemplando una auténtica obra de arte. La construcción de la colosal estructura fue impulsada por un señor que respondía al nombre de Gustave Eiffel hace algo más de un siglo.  Existen innumerables ejemplos pero el descrito no es más que la palpable muestra de que un arquitecto, durante su ingeniosa labor y aún después como propietario de un derecho de autor inembargable e inalienable, por encima de cualquier otra cosa es un artista. Ahora bien, existen dos ideas que acompañan al concepto de arte y que  no dejan ni dejarán jamás de ser completamente ciertas: el arte es subjetivo y el precio de una obra de arte viene determinado por aquello que una persona esté dispuesta a pagar.

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Centrándonos por fin en el tema que nos ocupa, parece obvio que nadie puede cuestionar lo que un particular haga con su dinero, pero cuando se trata de las administraciones públicas y por tanto de gestionar el dinero proveniente de nuestros impuestos estarán de acuerdo en que la cosa cambia. Pues bien esto que a cualquiera que lo lea le parecerá evidente resulta inversamente proporcional a lo que en la práctica ha venido sucediendo a lo largo y ancho de nuestra geografía y con independencia del color político de quien en cada lugar gobierne. Esta infame gestión a quien muchos llaman y con razón, despilfarro, ha adquirido una nueva dimensión en Valencia con la obra de Santiago Calatrava. Este arquitecto e ingeniero civil, polémico y genial como pocos, fue seleccionado, previa presentación oficial de su proyecto, para encargarse del diseño y la construcción de lo que conocemos hoy día como La Ciudad de las Artes y las Ciencias. No entraré en si atendiendo a lo subjetivo del arte, un arquitecto que provoque tan dispares opiniones es el indicado para un proyecto de esta envergadura, ni a valorar la falta de funcionalidad en el uso que caracteriza a la mayoría de sus obras, ese análisis les corresponde a otros. En lo que si me gustaría profundizar es en lo ocurrido durante y tras la conclusión de cada parte de cuantas integran el plano.

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En el momento de presentar el proyecto de Calatrava, el presupuesto que se dio y en base al cual debemos entender que la Generalitat se decantó por el mismo fue de 308 millones de euros. Para que se hagan una idea, solamente el edificio de la ópera, conocido como el Palau de les Arts, ha costado a todos los valencianos 382 millones, a los que sumando lo que ha costado cada uno de los otros 5 edificios o construcciones hacen un total de entorno a 1300 millones, algo más de cuatro veces el presupuesto inicial. No es el único caso en que los presupuestos de un proyecto obra de Calatrava se disparan, por ejemplo en la zona 0 de Nueva York, en la que el arquitecto se encarga de la construcción de un macro-complejo, el presupuesto ha pasado de algo más de 1220 millones a casi 3000. Resulta muy sencillo criticar al gobierno autonómico por plantearse la construcción de un proyecto así, pero en aquel momento, todavía en el pasado siglo, era imposible atisbar que llegaría una crisis como la que azota nuestro país y por tanto, criticar ahora resulta cuanto menos oportunista y más teniendo en cuenta la cantidad de turistas que llegan a valencia cada año para verlo y disfrutarlo. La crítica debe hacerse a la forma en que los poderes públicos han contratado y supervisado obras como esta y ante todo a los mecanismos que estos deben hacer servir para que si un proyecto se aprueba tomando como referencia un presupuesto, el mismo se supervise continuamente por la propia administración y  en caso de excederse por causas injustificadas, las constructoras corran con el gasto extra que suponga, en aras de proteger el dinero de todos.

Y no hablemos ya en los casos, como en el puente de Valencia, en que se demuestre que la construcción de una estructura era defectuosa, caso que ha servido para demostrar que la mentalidad de la gente ha cambiado de forma más o menos plausible, y que mientras antes de la recesión 50 millones arriba o abajo apenas nos inmutaban, en estos momentos tres millones suponen una razón más que suficiente para luchar por lo que siempre ha sido nuestro, y hacer valer nuestros derechos para que si una empresa comete un error sea ella quien lo subsane como cualquiera entiende que debe suceder en una sociedad racional. No condenemos el arte que promueven las administraciones para el disfrute de los ciudadanos, pero tampoco conviene apoyarlo a cualquier precio.

Alejandro Patuel.